viernes, 17 de abril de 2009

UN NIÑO DE ENTONCES

Saludos.

Cuando yo era niño no había televisión.

Debe parecer chocante para lectores de pocos años, pero la tele no había llegado cuando yo usaba calzón corto y la radio era el único vínculo con el mundo que existía mas allá de las fronteras de tu barrio.

Y el cine de Yon Güein, Yoni Veismuler, Janfri Bógar y Gary Cúper en aquellas películas épicas de indios y comboys, de romanos, piratas y selvas africanas.

Luego, con los años y cuando despertamos a la naturaleza, descubrimos que aquellas criaturas que acompañaban a los hérores eran mujeres. Y desde entonces, casi que solo miramos a Ava Garner, Ester Güilian, Rita Jaiguor y Audri Jepbur.

Nuestros juegos estaban en nuestras cabezas. Un grupito de cuatro o cinco críos de entonces, era un hervidero de ideas y propuestas, un brain storm cincuenta años antes de su invención.

Y estaba el fútbol.

Siempre había uno del grupo cuyos padres, más pudientes, le regalaban un "balón de reglamento" -hasta mucho más tarde no supe que "reglamento" no era un material-. Pero no teníamos botas y por tanto, debíamos jugar con los zapatos Gorila de Calzados Segarra y su maravillosa pelotita verde oscura. El alto riesgo de rotura de los Gorila nos angustiaba, pero el afán deportivo siempre venció a la reprimenda -y a veces algo más-, por el deterioro.

La calle era, por antonomasia, el campo de fútbol. Con su adoquinado. Jugar un partido en una calle con el acerado y los adoquines, era un desafío que nos obligaba a ser especialmente habilidoso porque una caída podía resultar fatal. De hecho, raramente no terminábamos con las rodillas y los codos deconchados o las piernas plagadas de marcas sanguinolentas.

Cuando tuvimos acceso a un verdadero campo de fútbol, de tierra, el espacio se engrandeció sin límites. Y aparecieron las carencias. En una calle, un patadón bien dirigido llegaba hasta la defensa contraria. En un campo, apenas al círculo central.

Había que pegarle muchísimo más fuerte, correr más, más rápido y olvidarse de las florituras de triangular contra la pared y rodear al otro en carrera. Un campo "oficial", era un mundo exigente que agotaba de verdad y donde se sudaba a lo grande, a lo bestia.

Entonces también había invierno. Y llovía y el "balón de reglamento" se convertía en un arma pesada capaz de abrirte una brecha en la frente de tres dedos si te pillaba el lado de las costuras. Y la tierra se convertía en fango espeso, pesado y succionador que te obligaba a multiplicar los esfuerzos hasta la extenuación.

Pero al día siguiente jugábamos de nuevo sin que jamás haya sabido de dónde sacábamos las energías y siga sin saberlo.

Por supuesto, la mayor parte de las veces sin árbitros. Eso significaba que las faltas, los penalties, los corners, los saques de banda... había que "negociarlos" si el otro, los otros, interpretaban que no existía tal. Las negociaciones, regularmente, se evacuaban en puro boxing.

Nuestro mejor campo, la "tierra amarilla", terminaba justo al borde de un pronunciado barranco hasta donde, varias veces por partido, había que bajar aplicando la famosísima "Ley de la Botella" -el que la tire, va por ella-. Era, posiblemente, la única regla que acatábamos de antemano los bandos en litigio.

Los rudimentos: dos equipos de hasta once -raramente conseguíamos dos completos-; dos porterías -montones de piedras a siete pasos-; el balón, cada vez, de una de las facciones; por tiempo o goles y a la batalla.

¿El premio? Un soberano abucheo a los perdedores, con mucha guasa pero sin dejar de notar las miradas de "ya os pillaremos mañana". Hasta entonces, todo el barrio se enteraba de la paliza.

Había un problemilla que nunca terminamos de solucionar del todo: a menudo, los de nuestro barrio, palanganas, debíamos contar con uno o varios amigos verdolagas, buenos de verdad o por falta de efectivos, y alinearlos contra nuestros deseos. Hubiera sido indigno que "los nuestros", por muy verdes que fueran, jugaran con los del otro barrio.

Pero la pasión por el fútbol era tan fuerte, que se les perdonaban los "defectillos".

Mi primera visita al Sánchez Pizjuan, siendo apenas adolescente y cuando pude comprarme yo la entrada, significó el descubrimiento de varias cosas: el campo era de yerba verde intenso; nunca antes había visto tanta gente junta en un recinto cerrado; tampoco antes había escuchado el himno del Sevilla cantado por miles de gargantas en directo; jamás había imaginado el colorido de un estadio y he llegado a olvidar de qué partido se trata aunque si recuerdo que ganamos por uno a cero.

Probablemente, tal cúmulo de nuevas sensaciones que viví me hayan pasado una mala jugaba con la memoria, pero lo que no olvidaré nunca, mientras viva, es la emoción de cantar mi primer gol de sevillista. Porque yo he sido siempre del Sevilla y solo del Sevilla, sin segundo equipo.

Pero hace mucho tiempo de eso y ahora, hoy, las cosas han cambiado tanto que tenemos un puñado de títulos y un equipo como nunca hubiera soñado. Y sigo siendo del Sevilla y lo seré hasta la muerte.

Cuidaros.

3 comentarios:

A. Ramírez dijo...

Me acaba usted de destrozar otro sueño infantil, al igual que cuando el imbecil de mi vecino me reveló quienes era los Reyes Magos.

!Yo pensaba que "reglamento" era un material!
!Qué ha hecho usted! !Por Dios!

Por fortuna el tiempo me demostró que los Reyes Magos realmente existen de verdad. Se lo juro (o prometo)No hace muchos años le pedí a Baltasar en la Cabalgata la posibilidad de disfrutar de un título...mire usted, me trajo cinco (más los dos trofeos esos de la ifhshf o como se llame)
¿Es o no es para creer en los Reyes?

Estoy convencido que el tiempo me demostrará de nuevo la existencia de un material llamado reglamento.

Enhorabuena por el post amigo mio.

MAGASE dijo...

hermano yo soy de la época posterior,de algunos años despues,pero me acuerdo de esos partidos a los que yo llamaria partidos interminables,me acuerdo que empezaban por la mañana cuando justamente nos reuniamos y contando partiamos en dos equipos de seis contra seis,o siete contra siete,el número era lo de menos,pero habia partido,cuando proponiamos a diez goles,el primer equipo que te metia diez ganaba,luego empezaban las negociaciones esas de,por favor darnos la revancha y entonces era un partido de varios dias,semanas incluso para saber que equipo vencia,una liga a un solo partido,llegaba la hora del almuerzo que era el arbitro quien pitaba el descanso(tu madre u otra madre)que simplemente decia ¡manolito a almorzar! era el descanso,un descanso de una hora solamente,con el último bocado salias corriendo al prado lleno de baches y a volver a darle patadas al balón y a lo que no era balón,que aun recuerdo como teniamos todos las piernas de cardenales y no precisamente de esos del vaticano,luego el segundo descanso era por el estilo,salia el cuarto arbitro de nuevo llamando a gritos al crack de turno y deciamos al unisono ¡a merendar! pan con aceite o una onza de chocolate con pan,solo una onza el que podia y un bollo entero seco con pequeños bocaditos al dulce manjar que te zampabas y te quedabas como dios,seguia el partido hasta que anochecia y ya casi ni veias al contrario,lo dejabamos para el dia siguiente,creo recordar que algunos balones terminaban perdiendo su figura esferica y terminaban cuadrados o de una rara figura que no termio de saber que tipo de figura geometrica dibujaba,en fin hermano me acabas de trasladar con tu bello post a la época mas linda de mi vida,gracias por existir tio,te tendriamos que inventar si no existieras y eso seria tarea algo complicada,vuelvo a decirte que te quiero porque si te digo otra cosa te mentiria,sigue cuidandote hermano por muchos años.

ayer y hoy sevillista dijo...

Emocionantísimo. Hasta hace muy poquito todo era como nos dices, amigo Ariza. Te cuento un par de detallitos. Nos hablas de pelota y balón de reglamento.
Yo he jugado con pelotas de papel, hechas por mi abuela Aurora, reliadas con guita, y apretadas con una maña y una fuerza imposible de igualar. Jugaba en su azotea, con riesgo de reclusión mayor si me cargaba alguna de sus preciadas macetas. Y en la parada de mi autobús escolar, jugábamos partidos de quince contra quince, mientras llegaba la línea 2. No había pelota, sino una "chapa" de mirinda o cruzcampo, que chutábamos con todo nuestro ardor. Había tipos que pisaban el filo de la chapa, la hacían saltar y se sacaban una volea impresionante. Eso sí que era habilidad, y no la que se gana en los potreros argentinos ni las playas brasileñas...
Me encanta tu línea editorial Sigue así. Un abrazo, maestro.