jueves, 28 de mayo de 2009

LA HISPANIOLA -y SEIS-

Saludos.

Mi parabrisas estaba triturado y enseguida, a la mañana siguiente y haciendo un gran esfuerzo para levantarme tan temprano, me acerqué a la agencia de alquiler donde expuse que lo había encontrado así al ir a recogerlo. La señorita me dice que necesito copia de la demanda policial que debería haber interpuesto.

Como no la tenía, me dirigí a la comisaria más cercana y tras pedir que me informaran de los trámites, me enviaron a una sala para hacer el acto.

Entré en un salón de unos quince metros en donde, a la derecha, había dispuestas varias mesas en fila, todas con ordenador encima y un solo funcionario: en la última, la del fondo, una oronda agente mulata, con el conocido uniforme celeste, tecleaba sin premuras.

En la pared de la izquierda una hilera de sillas, respaldo contra la pared, acogía a la larguísima cola de demandantes. Pregunté y me indicaron. Me senté en la última libre y esperé.

A medida que la funcionaria terminaba un trámite, los de las sillas nos corríamos un puesto acercándonos.

Entré sobre las nueve de la mañana y ví como pasaban las horas lentamente porque a cada rato, cada veinte o treinta minutos, se cortaba el fluido eléctrico y había que esperar que reapareciera. Luego, cuando llegaba, aguardamos pacientes a que se reiniciara el ordenador -con la famosa musiquilla de Windows-. Además, la funcionaria, con toda la sangre del mundo, se lo tomaba con tanta tranquilidad que me hacían desesperar.

Sin embargo, me entretuve muchísimo escuchando las historias de mis vecinos de silla. La señora de mi izquierda, mediana edad, gorda y sudorosa, la que iba delante, quería denunciar que le había robado la cartera y que a pesar de que apenas llevaba dinero, se había quedado sin documentación y eso podría ser un problema importante si la hubiesen detenido. Luego entró en algunas intimidades familiares sobre sus hijos a las que yo, correcto y atento, asentí, me sorprendí, no me lo creía, ¿es posible...?

El señor de mi derecha, un tipo bajito y fornido, había sorprendido a un ladrón tratando de robarle el carro. El ladrón había sacado una pistola y el hombre, todo pundonor, se la había arrebatado, le había propinado una paliza y venía a entegarla -la traía en una bolsa de plástico y cargadita de balas-y a denunciarlo, pero se temía, lamentándose, de que aquello solo le traería más problemas... ¡con la policía!

Otros vecinos también contaban casos similares y a todos, hasta tres sillas más allá en ambos lados, hube de contarles mi sosa historia, mi orígen y todos, sin excepción, exclamaban...¡ah, Sevilla! Pero ninguno había estado nunca aquí y sospecho que hubiesen sido incapaces de situarnos en el mapa.

Llegó mi turno sobre la una de la tarde y me acerqué a la mesa de la oronda. Expuse mis pretensiones y me invitó a sentarme en una silla de escay cuyo asiento, húmedo, me causó no poco asco, Justo entonces volvíó a fallar la luz. Esperamos y mientras, entraron otras dos funcionarias, casi copias exactas en formas y color a la "mía", y se pusieron a charlar las tres. Eran temas de hombres y parece que ninguna de ellas aguataban muchas tonterías. Viéndolas de cerca, las creí.

Cuando el sistema volvió a estar operativo, nos tomamos nuestros buenos quince minutos en redactar la demanda, a saber, que aquella mañana me había encontrado el carro -aunque yo dije "vehículo"- con el cristal hecho añicos y temiendo que en cualquier momento volviéramos a quedarnos sin fluido. Pero ya no tuvimos más contratiempos aunque mi pasaporte debió llamarle mucho la atención porque lo estuvo ojeando y manipulando más tiempo del conveniente para mis nervios.

Me levanté con el trasero totalmente húmedo, dí las gracias, dejé dos pesos en concepto de algo y me largué.

Con mi demanda en la mano, regresé, tras comer algo, a la agencia y aquella misma tarde,un par de horas después, me cambiaron el coche.

Tuve que regresar al hotel y pegarme una siesta larga porque estaba muerto de sueño.

Una noche, Joanna me invitó a asistir a una fiesta pública en un barrio cercano a la Zona Colonial, junto al río Ozama. Cuatro o cinco casetas/bares, no más de cincuenta o sesenta personas bebiendo y dos altavoces espectaculares que derramaban bachata a un volúmen insoportable.

Tras varios intentos fallidos para que bailara y sin que la cerveza me hubiera anulado el sentido del ridículo -a torpe bailando me ganan muy pocos-, decidí que mis sentidos, especialmente el auditivo, ya se había saturado suficienten. Ella quiso quedarse y yo me marché.

Un día llegué a mi apartotel y el conserje juró y perjuró que yo estaba dentro -no aparecía mi llave-. Subí como una flecha y encontré a Joanna durmiendo en mi cama. Se había comido casi todas mis reservas del frigorífico y trasteado en mis cosas. Por supuesto, la eché sin contemplaciones y ya nunca volví a verla a pesar de que me llamó varias veces para intentar recomponer la relación. Al conserje le propiné tal bronca por dejar entrar a nadie en mi habitación que el hombre estuvo a punto de llorrar.

-¡La señorita decía que era su amiga! -fué su único argumento-.

Después de repaso que le metí y exigirle que jamás volviera a hacer algo así, le dí una propina generosa y volvimos a ser amigos.

Desde hacía varios días la había estado observando atentamente y llegué a confirmar el "soplo" que me dieran María y mis otros amigos: Joanna se metía toda la coca que podía comprar. Cuando encontré que había estado buscando y revolviendo mis pertenencias, quizás con la idea de que hubiera dejado allí dinero, decidí terminar para siempre.

Adios, Joanna. Suerte.

Cuando anuncié en el club que mis vacaciones se acababan, me hicieron una fiesta muy emotiva. Acudieron otros varios amigos, clientes del Proud Mary, con los que solo había tenido algún trato ocasional y nos tomamos una cena excelente en un antro al que jamás, ni por asomo, se me hubiera ocurrido entrar de haber pasado por allí. Pero las sorpresas de la vida, dentro tenía un rincón encantador -con aire acondicionado- y una cocina exquisita.

La última noche cogimos una cogorza de tres pares y me parece recordar que hubo frases tiernas, alguna lagrimilla y muchos abrazos.

En mi avión, medio vacío, había filas libres completas en la zona central, de cuatro asientos. Me tumbé, me amarré y desperté en Barajas.

Ha sido el mejor viaje de mi vida. En todos los sentidos.

Y fin de la aventura.

Cuidaros.

P.D. Un mes más tarde, le envié a María un disco con veintidós versiones del Proud Mary, por veintidós artistas distintos.

miércoles, 27 de mayo de 2009

SALUDOS, CAMPEON

Saludos.

Desde el más profundo respeto, saludo al flamante campeón de la Champions, al Barcelona, porque es justo vencedor de la competición.

Porque es capaz de hacer magia en el campo, de hacer FUTBOL, de tocar nuestra sensibilidad futbolera -sin ser seguidores de ése equipo-, mi rendido homenaje por reivindicarme en mi pasión por la estética apasionante de éste deporte.

El Fútbol frente a todo lo demás.

Felicidades, campeón.

Cuidaros.

LA HISPANIOLA -CINCO-

Saludos.

Una noche, en el Proud Mary, llegó Joanna cuando charlábamos los habituales. Se incorporó al grupo y en un momento determinado, nos propuso hacer una excursión a Los Altos de Chavón donde existe un centro denominado Ciudad de los Artistas.

Es un complejo con una historia curiosa -que prefiero que busquéis por vuestra cuenta- y construido con aires mediterráneos. Está cerca de La Romana, lugar de descanso de los muy ricos -caso Julio Iglesias-, con chalés que quitan el hipo, aeropuerto privado y varios extras más, solo para privilegiados clase extrema.

Al regreso de Chavón, entramos a tomar café en un hotel y curiosear. Solo pudimos acceder cuando los siete u ocho gorilas de la puerta me oyeron hablar con mi acento extranjero.

Fuimos los yankis, Joanna y yo y pasamos una agradable mañana visitando la ciudad que, para nuestra desgracia, estaba vacía de estudiantes porque eran vacaciones. Pero el sito mereció la pena y además, durante el trayecto, me mostraron algunas partes del río Chavón donde se rodaron las famosas imágenes selváticas de Apocalypse Now, de la misma forma que en Santo Domingo estuve en una calle que aparece en El Padrino, parte II, en una escena en que un guerrillero se inmola con una bomba ante la policía que trata de detenerlo.

Tras el café de La Romana, regresamos a la capital y tuvimos que tomar la autopista. Por cierto, nunca antes había visto una autopista a la que accedían los nativos desde infinidad de roturas en lo que debió ser una valla metálica.

Al llegar al control y como comenté anteriormente, había que echar un peso en una boca metálica que levantaba la barrera. Pero se dió la circunstancia de que ninguno de los cuatro llevávamos monedas sueltas, por lo que paré junto a la casetilla, alargué la mano con un billete de cinco, tomé el cambió sin mirarlo y metí la primera.

Entonces bajó la barrera y nos dió de lleno en el parabrisas.

Quedamos allí detenidos, desorientados, sin saber qué había pasado, con el cristal hecho añicos. De algún lugar apareció un policía y se metió en el coche, en el asiento del copiloto y empujando con el culo para que Joanna le hiciera sitio.

-¡Tire por ahí! -ordenó a voz en grito, señalando hacia adelante y a la derecha y mientras se levantaba la barrera.

Insistió dos o tres veces a pesar de que ya estábamos en marcha. A unos metros nos señaló una entrada entre setos y allí nos metimos. Detrás, ocultos, dos barracones prefabricados de tipo militar.

-¡Pare aquí y bajen!

Ya en tierra nos pidió la documentación y con los tres pasaportes y la tarjeta de Joanna, se metió en uno de los barracones. Al poco, salió acompañado de un militar muy alto, con galones, que traía los documentos en la mano y los examinaba.

-¿Qué pasó? -preguntó seco-, ¿No vieron la barrera?

Como yo era el conductor, me miraba a mí y yo tuve que responder, por supuesto.

-No lo entiendo. Pagué en la casetilla y la barrera se bajó cuando íbamos a pasar.

-¿Pagó en la casetilla? -preguntó extrañado.

-Pues sí. Por eso no entiendo porqué se bajó cuando pasaba.

El militar me miró muy serio, como sopesando si le estaba tomando el pelo. Luego aclaró:

-En la casetilla no cobran, solo dan cambio y debió echar la moneda.

Nos sentimos perdidos, nos miramos y supisimos lo peor. Sin embargo, me atreví a responder:

-Pues no lo entiendo. En España, nos cobran en la casetilla y nos levantan la barrera.

El yanki, echando una mano, apostilló:

-En Estados Unidos también.

El militar nos miró lentamente uno a uno. Volvió a examinar los pasaportes y tras unos larguísimos segundos de indecisión, nos los entregó con un "pueden marcharse" que nos pareció un vendaval de aire fresco.

Con el cristal roto, volvimos a la autopista y a Santo Domingo.

En mi próxima entrega, contaré de qué forma tuve que justificarme ante la empresa de alquiler de coches para que me lo cambiaran.

Continuará.

Cuidaros.

martes, 26 de mayo de 2009

DESDE LA TERCERA PLAZA






Saludos.

Manolo Jiménez ha sido confirmado en su puesto de entrenador del Sevilla por un año más.

La decisión del Consejo, justa lo miremos como lo miremos, ha sido premiar unos resultados excelentes, ampliando el contrato con el técnico de El Arahal, que nos clasifican como terceros en la Liga y con acceso directo a la Champions.

Los números, todos, están a favor de la decisión y tal como era previsible, el Consejo apuesta por la continuidad del de la casa. Y como el Sevilla es una Sociedad Anónima, los balances, positivos, señalan que la línea es la correcta.

Pero no todo el mundo piensa igual.

Un importante sector del sevillismo no está de acuerdo, ni lo estuvo desde el principio. Entre ellos, yo.

Y lo manifesté en su momento, mas tarde y en cuantas ocasiones se me presentaron, a otros sevillistas, a mis amigos, mi familia y por escrito. Sigo pensando que no es el entrenador adecuado para un Sevilla que debería aspirar a más, que debería ponerse las metas más altas, las totales, porque ha tenido, tiene y tendrá, equipo como para pedirle la Liga.

La meta debe ser la Liga. Como los muy grandes.

Según Del Nido, se le pidió cuartos y hemos terminado terceros. ¿Cabe imaginar que para éste año se le ha pedido terceros y que nos dejará segundos? ¿Y que dentro de un año, si lo consigue, se le pedirá segundos para terminar...?

Hay errores de estrategias en los que nos empecinamos en tropezar sin sentido. Desde hace cuatro o cinco años, el Sevilla se ha convertido en una alternativa clara a los dos gigantes. Si bien es cierto que nuestro presupuesto no puede competir con los de ellos, también lo es que en el terreno de juego, sobre el césped, esos presupuestos se diluyen cuando los equipos salen a ganar. Y el Sevilla ha demostrado, en varias ocasiones y recientemente, que el dinero es un asunto secundario.

Aunque pueda parecer una temeridad, ganar la Liga no es una panacea.

Los clubes de fútbol, decía, son sociedades anónimas y como tales, deben organizarse para que las cuentas salgan positivas al final de cada ejercicio. Todo, por tanto, tiene que dirigirse en ése sentido. Así, renovar a Manolo no es sino una decisión estratégica, de política empresarial en tanto que la inversión ha salido más que rentable y el Consejo, lógicamente, apuesta por el continuísmo de la opción que presenta beneficios.

Desde ésa óptica y porque ya no hay otra, gestionar un club se ha convertido en un entramado de intereses económicos en el que el deporte, el espectáculo y el arte han sido apartados y supeditados a las frías cifras, a los resultados.

Ya no importa el juego bonito, el disfrute de los espectadores, la magia que once en pantalón corto pueden ofrecer, la Escuela Sevillana y otras zarandajas porque lo que interesa, por encima y sobre todo, son las cifras que garantizan unos resultados. Resultados que deben obtenerse a costa de todo lo demás porque hay muchísimo dinero en juego.

Tampoco importa que miles deban asisitir a decenas de partidos insufribles porque se gana y en ganando, aunque sea a trágala pura y dura, todo lo demás se vuelve secundario.

Los amantes del buen fútbol, trágicamente, están en retroceso porque los resultados -que contraria y paradójicamente suelen llegar más a menudo haciéndolo bonito y divertido para el que mira-, imponen su tiranía y otros tantos miles los somatizan como única y verdadera opción, religiosamente.

Y si miles lo apoyan y lo aprueban, las decisiones monetarias se refuerzan hasta el extremo de convertirse en doctrina.

¡Y ay de aquel que disienta!

Los resultados, las cifras, son las puntas de lanza con la que ensartar al otro, al diferente, al que no piensa igual, porque ahí están los datos. ¿Y quién puede, quién osa cuestionar las matemáticas, los balances, las estadísticas?

¿Jogo bonito..? Resultados. ¿Espectáculo..? Resultados. ¿Arte..? Resultados. ¿Escuela Sevillana..? Resultados.

La facción Resultados gobierna, la facción Espectáculo en retirada.

Pero no nos engañemos ni pretendamos engañar a los demás: todos sabemos que el binomio resultados/negocio es una imposición forzada, producto de los tiempos que corremos y aceptada, tolerada y defendida, en muchos casos, para ocultar deficiencias y necesidades insatisfechas.

Ni siquiera los incondicionales de los resultados , los más acérrimos, resistirían un mínimo debate sobre Fútbol -con mayúsculas y enfatizado-. porque tras pronunciar la palabra mágica, se acabó cualquier otra consideración.

Hoy, en un altísimo porcentaje, el análisis de un partido es: "por lo menos nos trajimos los tres puntos" o "tres puntos y punto". Resultado. Fin del debate.

Los defensores ultramontanos de los resultados cometen la torpeza increíble de pensar que los otros, los que deseamos, además, espectáculo, prefiramos jugar bien y perder que lo contrario.

Hemos leído montones de barbarides en ése sentido y mi capacidad de sorpresa amenza con estallar porque se puede ser seguidor ciego, ultra seguidor o como queramos llamarlos, pero no es de recibo que sean estúpidos. Y como pienso que no lo son, solo se me ocurre pensar que para tratar de tapar aquellas insuficiencias, las insatisfacciones de un juego antiestético y rácano, además de los resultados que nos refriegan hasta la saciedad, deben echar manos de los insultos, las agresiones verbales -afortunadamente- para elevar una cortina de humo que difumine que tenemos razón.

Yo no estaré nunca de acuerdo en que la libertad de expresión deba pasar por abochornar a los jugadores, al técnico ni al presidente; tampoco que se coloque al entrenador cual muñeco de feria y al que todo el mundo tenga derecho a vapulear y ni mencionar lo que los medios intentan hacer porque esos medios existen en tanto que haya receptores que los mantengan

Pero de la misma forma y por el contrario, entenderé a quienes se expresen en la manera que deseen si, como principio irrenunciable, se mantienen dentro de los límites del respeto absoluto a las personas.

Y hemos escuchado, visto y leído, aberraciones sin sentido desde todos los ámbitos, desde todas las ópticas que solo han servido para mostrarnos la calidad individual de cada cual.

El hecho que de todos seamos apasionados del Sevilla, solo es una circunstancia sentimental. Solo eso.

Manolo Jiménez afrontará su tercera temporada como entrenador del Sevilla y en el currículo de técnico, mostrará su tercer puesto en la Liga. Solo eso.

En dos años y frente a cinco o seis competiciones, solo tiene en su haber un tercer puesto en la Liga y el premio, desproporcionado desde mi punto de vista, será confirmarlo al frente de un equipo infrautilizado.

Y el futuro, para los ignorantes como yo, augura otra era de resultadismo a cualquier precio porque así se le exige.

De cualquier forma, será el entrenador de mi equipo y por ello, le debo el respeto suficiente y necesario, como a cualquier otra persona.

Y como sevillistas ambos, él y yo, deseo que triunfe porque sería sinónimo de triunfo del Sevilla. Incluso a costa de las soporíferas sesiones que adivino porque, a mi pesar, no espero espectáculo.

En cualquier caso, mis comentarios sobre Manolo Jiménez, en la próxima campaña, serán minuciosamente mesurados cuando no ausentes.

¡Hasta la muerte!

Cuidaros.

P.D. Queridos anónimos, ahorraros el trabajo. Gracias.

lunes, 25 de mayo de 2009

LA HISPANIOLA -CUATRO-

Saludos.

Un par de días depués de mi experiencia religiosa, viajaba hacia Boca Chica para tomarme un baño y almorzar. Iba solo y siguiendo la fila de coches, entramos en el puente móvil -que se abría lateralmente-, rumbo a la autopista.

Un semáforo al final de dicho puente nos tuvo detenidos el tiempo obligado. Yo debía estar el cuarto o quinto en la cola. Se puso verde y avanzamos. A la salida del puente hay una curva pronunciada a la derecha, que tomé como los demás, y apenas había avanzado un par de cientos de metros se me puso al lado, junto a mi ventanilla, un policía cabalgando una moto de poca cilindrada. Me hacía señas inequívocas de que me parase.

Me eché la lado y me detuve esperando con curiosidad qué querría el tipo, inocente de mi. Estaba tan absolutamente convencido de no haber cometido infracción alguna que lo esperé tranquilo, con una semisonrisa.

Lo ví bajarse de la motillo a través del espejo retrovisor y para mi sorpresa, no se acercó por mi lado sino por el del copiloto. Intentó entrar y como llevaba el seguro puesto, me hizo gestos violentos para que abriera.

Se sentó a mi lado, cara de pocos o ningún amigo, un señor con uniforme celeste arrugado y sudoso, gorra, bajito, moreno y cejudo. Portaba un cinturón negro y ancho del que pendía, bien visible, un pistolón que hubiera sido la envidia de Harry el Sucio. Me soltó de sopetón:

-¡Se saltó el semáforo!

Mi sorpresa fué mayúscula y pensé que se trataba de un error.

-Agente -señalé con mis mejores y más exquisitas formas-, he pasado cuando estaba verde, como el resto de vehículos.

-¡Se saltó el semáforo! -insistió, una octava más alto.

Tengo la desgracia de cambiar instáneamente del humor al mal humor. Y mi cara lo refleja nítidamente.

-Agente -volví a decir, ahora vocalizando, lentamente y con intención de que se me entendiera a pesar de las distintas procedencias-, he pasado en verde, detrás y delante de otros varios carros -carro=coche, localismo muy apropiado dadas las circunstancias-.

-¡¡¡Se saltó el semáforo!!! -si bemol mayor con vibrato al tiempo que se reubicaba en el asiento de manera que el pistolón quedara directamente a mi vista-.

En la mano izquierda llevaba un bloc bien grueso de hojas rosas que debía ser el de los formularios de denuncias. En la derecha, un bolígrado y se daba golpecitos en la rodilla, como llamando mi atención porque justo por debajo del codo, se veía perfectamente aquella monstruosidad de arma.

En una fracción de segundo calibré la situación y desistí.

-¿Cuánto es la multa?

-Seiscientos pesos en comisaría o quinientos aquí -sentenció-.

En otra fracción del mismo tiempo, recalibré lo que debía ser entrar en una comisaría dominicana para ser objeto de una denuncia y se me erizaron los vellos de la nuca. Opté por pagar.

Saqué mi cartera, separé los quinietos pesos -casi todo lo que llevaba- y se los entregué. El tipo los trincó casi antes de sacarlos, salió del carro y montando su motillo, desapareció a todo lo que daba sin dejarme el papel rosa.

Después de muchísimos viajes por España y por el extranjero, nunca antes me habían robado y mucho menos un policía. Pero siempre hay una primera vez.

Por supuesto, me acordé de todos sus antepasados, uno por uno, hasta seis generaciones, la que llegó de España.

Visto que me quedé con un problema transitorio de liquidez, dí media vuelta y volví hacia mi hotel donde, cerca, había una hamburguesería para ocasiones desesperadas.

Una noche, en el Proud Mary, me presentaron a un matimonio yanki de orígen dominicano que pasaba sus vacaciones con la familia. Ambos blancos, jóvenes y con agradable charla, por lo que ingresaron en nuestro selecto club desde ésa noche.

Yo les había prometido a mis amigos una comida en la Casa de España y un lunes, el día que cerraba María, nos encajamos allí en tropel.

A saber: María, Michelle, Víctor, Ulises, Odalys, Joanna y una amiga suya, los dos yankis y yo.

Había reservado el día anterior por lo que nos tenían la mesa preparada y nos ubicamos para el almuerzo. Resulta que yo no puedo tomar tinto porque me afecta a la cabeza, a la migraña, por lo que pedimos blanco y tinto para los demás. El camarero, un tipo grandullón y buen sicólogo, me trajo a mí, primero, la botella de Barbadillo que había elegido.

Uno, que tiene muchas historias, quiso darse el pegote de ser buen conocedor. Así, con mucha parsimonia, como si de aquello fuera un experto, me acerqué la cata a la nariz con un ligero movimiento rotatorio, aspiré, me llevé la copa a los labios y tomé un sorbo. Dentro de la boca, hice un enjuague discreto y tragué. Un par de boqueos aprobatorios y asentí.

Odalys, la encargada de catar el Rioja, realizó, exactamente, los mismos movimientos que yo.

Y nos zampamos una paella light que tuvo mucho éxito.

El camarero sicólogo había presentido que yo pagaba y me trató con atención de pudiente. Yo me tomé más de la mitad del vino blanco, la amiga de Joanna el resto y todos salimos la mar de contentos.

Por supuesto, hubo brindis por nuestra salud, por la mujeres guapas -a mi cargo-, por vosotros, por nosotros, por España, por la República Dominicana, por la paz universal, por la amistad eterna...

Continuará.

Cuidaros.

domingo, 24 de mayo de 2009

SON LOS TIEMPOS










Saludos.

Es el sino de los tiempos.

Tiempos en que la imagen se superpone a todas las demás consideraciones. Tiempos en que hacemos lo impensable por mostrarnos a los demás como queremos que nos vean, no como somos.

Y hacemos lo que haga falta para lograrlo.

Descubro, sorprendido, que nos han cambiado la imagen de Gambrino y ahora veo a un chaval, delgado y joven, medio escondido tras el rótulo del nombre histórico que crearan los jerezanos, que alza una jarra de cerveza con una sonrisa en la cara y no puedo dejar de pensar en que es el biznieto del pionero ha heredado la empresa.

Desde siempre se ha asociado la cerveza con la obesidad y con facilidad y ligereza impropias hemos asegurado que las protuberancias abdominales de algunos era "barriga cervecera".

No nos sirve que científicamente no sea cierto porque con frecuencia, con demasiada frecuencia, los grandes trasegadores de cerveza también son grandes portadores de panzas descomunales. Nadie, por el contrario, asocia que de la misma forma también son grandes comedores, de comida, de hidratos de carbono, de grasas animales y de... cerveza.

A mí me encanta la cerveza. A mis hermanos también. Pues todos somos delgados y ninguno porta barriga cervecera. Y conozco a otras muchísimas personas en similares condiciones.

Sin embargo, la imagen de un Gambrino obeso, orondo y panzón, ha debido iluminar a los creadores de imagen y mandarlo al asilo por gordo, para dejar paso a la nueva imagen de gente joven, delgada, estilizada y muy al tiempo.

Y se lo han cargado.

No estoy de acuerdo y reclamo, desde éste mi rincón, la vuelta de mi querido gordito, el inimitable, el que me sonríe ofreciéndome la promesa de unos buenos tragos helados, sabrosos y animadores. El complemento ideal al pescaíto frito, a los caracoles, a la punta de solmillo, al secreto, a la ensaladilla, a ¡un pavía y dos de calamares...!

Quiero que vuelva Gambrino el original, el bisabuelo porque a pesar de que haya quien lo asocie a la gordura, no es cierto. No es la cerveza la que engorda.

Deberíamos inicar una campaña por el retorno de nuestro ídolo, de nuestra imagen.

La de siempre.

La nuestra.

¡Larga vida a Gambrino, el bisabuelo!





Cuidaros.

GANAR LA LIGA





Saludos.

Aún no ha terminado la Liga y a pesar de que prometí no escribir más sobre el Sevilla hasta concluída ésta, la situación para nosotros ya está fijada y solo queda un partido de trámite. Por eso me adelanto una semana y escribo sin tener la sensación de faltar a mi palabra.

La historia del fútbol en nuestro país, nos guste o no, es la historia de los triunfos de dos equipos.

Sus monstruosos presupuestos, las ayudas sin reservas de los organismos oficiales que regulan y controlan las competiciones y el soporte mediático abrumador, hacen que para ellos no ganar la Liga sea un desastre.

Ocasionalmente, alguno de los "la otra Liga" -como dice mi amigo Baretti-, se cuela, tiene un año brillante y les usurpa la primera plaza. Pero casi enseguida, vuelven a sus puestos naturales y los dos grandes pugnan de nuevo por copar la cima. Así, para ellos, quedar segundos conmociona los cimientos del club y es habitual que despidan al técnico y renueven tantos jugadores como se les antoje.

La diferencia entre ésos dos y el resto, los de la otra Liga -léase Sevilla, Valencia, Atl. de Madrid, Villarreal... y poco más-, es que los mastodontes salen, cada año, A GANAR LA LIGA. Todo lo que no sea eso serán apósitos para contener la hemorragia.

Por el contrario, cada año, cuando comienza la competición, los responsables últimos de los equipos, de los demás equipos, preguntados sobre la planificación, las plantillas y los objetivos, suelen responder, invariablemente:

-Vamos a trabajar para estar en Europa el año próximo.

Invariablemente, ésa es la diferencia.

Se trata de AMBICION, de ACTITUD.

No plantearse, al comienzo de la Liga, salir a ganarla, es sinónimo de quedar entre los seis primeros o más abajo, fuera. Y no es lo mismo ser terceros que sextos aunque ambos jueguen en Europa el año siguiente. No es lo mismo.

Las expectativas deberían ser las máximas y luchar por ellas. Luego, si el año no sale bien, segundos, terceros o cuartos. No más abajo. Nunca.

Son planteamientos de muy grandes.

Y ahora me diréis que si los presupuestos, que si las plantillas... Cierto, hay diferencias abismales pero esto es fútbol y todo es posible. Más aún cuando estamos hartos de escuchar aquello de "no hay enemigo pequeño". Ni grande, añado. No hace tanto, el Sevilla barrió -en algunos momentos de manera bochornosa-, a los dos mastodontes en varias ocasiones, llegó arriba y venció. Se trajo un puñado de títulos y se colocó en la primera fila de los clubes europeos, en la élite.

Y este año volvemos a estar ahí, en la Europa del primer nivel.

Pero me sabe a poco.

Y a pesar de que se me califique de cualquier forma, yo estoy convencido de que podemos y debemos salir a GANAR LA LIGA.

Porque yo no comparto lo de "jugar en Europa el año próximo". Para nada. Yo soy más ambicioso porque apostar al tercer premio es garantía de no conseguirlo. Ése tercer premio es la consolación por no haber logrado los otros dos, el mal menor, la manera de salvar una temporada desastrosa.

Como los muy grandes.

El Sevilla que anoche se clasificó tercero y tendrá que jugar el curso próximo contra las élites europeas, ha carecido de ambición. Ha jugado para estar ahí, el tercero, y aunque estemos exultantes, debió disputar la segunda plaza al equipo del régimen, habida cuenta de que el campeón ha sido intratable todo el año.

Desde mi punto de vista y estando, como estoy, rabioso de alegría, me sabe a poco.

Y también podéis hablarme de lesiones, de campañas, de pitos y silbidos...

Los entrenadores llevan incluído en el salario el plus de crítica y deben trabajar bajo presión siempre, lo hagan bien o lo hagan mal. Es su trabajo soportarlo todo. Deben hacerlo porque nunca, jamás, los aficionados, los críticos, los periodistas y los directivos, estarán de acuerdo con todas las decisiones que tome y lo dirán. Se lo dirán y tendrá que escucharlos. Y cuanto más arriba, más presión.

Y le dirán que no ha hecho ni un solo partido completo en los dos años, que en demasiadas ocasiones nos hemos salvado porque una de nuestras estrellas tuvo una genialidad en el último minuto y porque a pesar de todo, tenemos un plantel excelente, en general, que nos ha mantenido ahí contra viento y marea. Y porque hemos ganado demasiados partidos jugando solo medio tiempo.

Pero he visto demasiados errores de planteamiento, de organización del juego, de estrategias, de movimientos de peones erróneos... demasiados aunque sea cierto que se le pidió Europa y lo ha conseguido.

Pero sigo considerando que debimos conseguir más, que estamos capacitados para intentar echar a un lado a los mastodontes y colocarnos, para siempre, en todo lo alto, en la cumbre, porque podemos decir que a pesar del abismo que nos separa con aquellos dos, somos EL SEVILLA. Y el Sevilla es GRANDE y debe demostrarlo.

Olvidemos los complejos, dejemos demirar las carteras y salgamos a por todas porque podemos. Y debemos. Y queremos. Y si a pesar de todas las vicisitudes, las lesiones, el presupuesto y un entrenador italiano hemos quedado terceros, imagino lo que pudiéramos haber conseguido con otra visión del fútbol.

Paso al futuro.

Me daréis todos los palos por escribir lo que estoy escribiendo en éstos momentos de euforia, pero no puedo dejar de pensar en lo que pudo haber sido con otros planteamientos, con otra óptica, con más ambición.

Y como nunca oculté mis preferencias, hoy las vuelvo a exponer porque creo que el Sevilla, éste Sevilla, debe aspirar a más, a todo. A lo más alto.

Luego, el destino nos colocará donde considere oportuno.

AMBICION.

ACTITUD.

Tengo plena confianza en la Directiva y en las decisiones que tendrá que tomar, sean las que sean. Pero les pediría, desde mi humilde punto de vista, que apueste por la ambición, decididamente, y organice un equipo que salga a ganar la Liga.

Sin complejos.

Y recordad que la gacela que se salva no es la que corre más que el león: es la que corre más que las demás gacelas.

¡FELICIDADES A TODOS LOS SEVILLISTAS DEL MUNDO!

¡FELICIDADES, SEVILLA!

¡HASTA LA MUERTE Y MÁS ALLÁ!

Cuidaros.