
Saludos.
Tal cual recogen en Sevillistas de Renault, la Radio del Sevilla va a lanzar a las ondas el programa " La Red Blanca y Roja", en la que se pretende analizar los pormenores de las decenas de blogs personales que alientan al Equipo.
Los detalles los podréis leer en ése link al magnífico sitio de los de Renault.
A pesar de mi pesimismo inicial, debo reconocer que la primera gran piedra, enorme, para crear la Federación de Blogueros -aunque luego se termine llamando como se quiera-, ha sido puesta de manera importante: un espacio exclusivo en nuestra Emisora.
Y aunque técnicamente no pueda llamarse aún el "espacio de la Federación", no me cabe duda de que terminará siendo el lugar de encuentro en el éter de todos nosotros.
Retomo mis esperanzas, pues, en la idea que propusieron el 4J Agustín Rodríguez y Sebas Cárdenas y vuelvo a animar a tantísimo sevillista, excelentes escritores y analistas, para que unamos nuestros esfuerzos internautas en pos de nuestro Equipo.
¡Por la Blanca y Red!
Cuidaros.
Saludos.
Como ampliación al perverso episodio del "Caso Antúnez", mi admirado José Enrique Vidal, en Ayer y Hoy Sevillista, ahonda un poco más en el caso.
Otra gota en el vaso de la ignominia pepina y que no solo no les salió bien, sino que hubieron de pagar por ello.
Gracias, amigo, por encender luces en la oscuridad.
Cuidaros.
Saludos.
Ayer tarde tuve el honor de compartir unas horas con cuatro sevillistas de los de máximo nivel, del superior.
Entre los cuatro pude corroborar -porque ya lo sabía- que concentran, en sus privilegiadas cabezas, un conocimiento de la Historia del Sevilla que deja pasmado.
Datos, fechas, personajes, circunstancias, agravios... todo, lo dominan todo y andan embarcados en búsquedas que darán que hablar. Mucho.
Dejan pasmado.
Y con un buen corazón que nunca podré valorar suficiente, me dejaron asistir, para mi deleite, dándome una amplia lección magistral -por maestros que no por método- a tanto sevillismo destilado.
Gracias -por orden de aparición en escena- a D. Antonio Ramírez, D. Jose Enrique Vidal, Don Agustín Rodríguez y Don Carlos Romero.
Gracias, amigos, porque éste humilde aficionado nunca hizo méritos suficientes para tanto regalo.
Cuidaros.

Saludos.
Hace aún pocos días, el equipo de La Palmera intentó recuperar la máxima categoría del fútbol español, perdida en los terrenos de juego, mediante maniobras oscuras en los despachos de la Federación.
El chivo expiatorio debería haber sido el Jerez. Sin embargo y sin que sirva de precedente, la Federación emitió un fallo tajante que vino a decir, poco más o menos: "dejaros de decir gilipolladas".
Ocurre que no es nuevo. La Historia del Betis, la buena y no la que venden algunos béticos, está jalonada de actos ignominiosos similares. Desde hace mucho tiempo y casi siempre, contra el Equipo Grande de Andalucía, el Sevilla FC.
Por favor, leed atentamente el artículo que publica Jose Enrique Vidal en su blog Ayer y Hoy Sevillista, donde de manera magistral y con un lenguaje apto para todos los niveles de lectura -hasta yo lo he entendido perfectamente-, nos muestra, con pruebas, que ésas pérfidas actuaciones vienen de lejos.
Fantástica exposición, amigo.
Puede, incluso, que haya quien se atreva a presentar alegaciones.
Puede.
Cuidaros.
Saludos.
Un año hicimos una excursión a Las Marismillas, junto a la desembocadura del Guadalquivir y frente a Sanlucar de Barrameda.
Tanto para llegar a la colonia como para ésa excursión, se usaban tractores a los que se acoplaban unas vigas de hierro, por delante y por detrás, y sobre las que se instalaban plataformas de madera.
Y tanto el día de llegada a la playa como el de regreso, imaginaros la montaña de utensilios, maletas y niños que disfrutábamos de la experiencia.
Pues para ir a Las Marismillas, sin bultos, a cuerpo limpio, se alquiló un tractor entre varias familias.
Por supuesto, hubo bofetadas para lograr una plaza en la plataforma de delante, la que debía abrir la marcha y desde donde se podrían "descubrir" los tesoros que arrojaba el agua en los veintitantos kilómetros de playa virgen que debimos rodar.
Las inevitables bolas de cristal eran el premio más codiciado y resulta que mi hermano mayor, jugador de fútbol como portero, se convirtió en el mejor recaudador: abusando de sus magníficas condiciones físicas, saltaba del tractor en marcha y se lanzaba sobre ellas, un par de metros antes de que llegaran los demás, en magníficas estiradas dignas de, por lo menos, un Zamora.
A pesar de mi corta edad entonces, tengo tan grabado ése viaje que creo que nunca podré olvidar las sensaciones que me produjo.
Un tractor rodando por la playa, si hay marea baja, es casi una autopista. Kilómetros de arena plana, golas, golitas y golazas, bandadas de gaviotas que levantaban el vuelo a nuestro paso, con un colorido maravilloso y un griterío infernal... Un paisaje infinito, desierto, todo naturaleza, agua y sol.
Pero si la marea está arriba debes circular, muchísimo más lento, por la arena seca. Y entonces la aventura se multiplica porque los altibajos de aquellas plataformas, sentados en el borde delantero con los pies colgantes, se asemejaba al cabeceo de un buque con marejada por alta mar.
Los bocadillos de mantenimiento y el agua desaparecieron pronto.
En Las Marismillas descubrimos antiguas casamatas de artillería abandonadas. La imaginación -no podía ser de otra forma-, nos hizo ver, siguiendo las explicaciones de los mayores, a los navíos enemigos intentando adentrarse en nuestro río y nosotros, esforzados defensores, abatiéndolos a cañonazo límpio. En un rato mandamos diez o doce al fondo del mar. Ganamos los buenos, por supuesto.
También pudimos visitar un poblado prehistórico que sigue estando allí -como comprobaría años más tarde en una visita organizada a Doñana- y que para ser prehistórico, a nosotros los niños nos parecieron chozas idénticas a las que habitábamos en la colonia, en el barrio de los leprosos.
Desde la orilla onubense hicimos señas y vino a recogernos una barcaza desde la gaditana. Cruzamos la revuelta desembocadura del Guadalquivir para llegar a Sanlucar donde, curiosamente, me desagradó el color de la arena y del agua que llegaba desde Sevilla. Nada que ver con las que teníamos en Matalascañas, blancas y limpias, frente a las marrones fangosas y agua turbia de Sanlucar.
Comida y vuelta para reemprender el viaje mágico.
Y la vuelta, en su tramo final, se desarrolló a la puesta del sol, con lo que pudimos disfrutar de sensacionales vistas del astro rey reflejándose sobre el mar y la arena.
Continuará.
Cuidaros.