lunes, 15 de junio de 2009

EN OTRO PELLEJO

Saludos.

Vamos a hacer un pequeño ejercicio de imaginación y pensemos, por unos minutos, que somos socios, aficionados o seguidores de cualquier equipo de la Primera División que no sea de los grandes o grandísimos.

Imaginemos uno del montón, de la mitad para abajo, de esos que se las han visto canutas para eludir el descenso. O pensemos que somos del Jerez, por ejemplo, y leemos los diarios, miramos la televisión o escuchamos la radio y asistimos al fenómeno Florentino con cara de perro.

Enseguida recordamos los presupuestos que nuestro presidente nos ha planteado para el próximo ejercicio y sin quererlo, comparamos ésa cantidad paupérrima con el despliegue monetario del preboste madridista.

Ni siquiera llegamos a la mitad de lo que ha costado uno, uno solo, de los dos jugadores que han anunciado ya y nuestro ánimo se nos cae al suelo porque esos vendrán a nuestra casa a ganarnos el partido. Y luego, o antes, habrá que haber ido allí, a la suya.

Y contra ésas plantillas alineamos a once perfectos deconocidos, buenos chavales, magníficos padres de familia pero que cobran poco más que un ingeniero bien situado en una empresa grande y le decimos: "sal ahí fuera y peléate con aquel, el que cobra nueve kilos limpios al año, no lo dejes tocar balón y gánale en todos los sprines, corre más que él, elévate más alto y de camino, métele un par de goles al Casillas".

Todo por tropecientos pavos al mes y sin garantías de continuidad.

Además, aspiramos a conseguir los cuarenta puntos en la primera vuelta, los que no garanticen la permanencia. Y por si fuera poco, hemos firmado un acuerdo con Sogecable por el que nos darán veinte kilillos por dos partidos en todo el año y siempre, cuando lleguen los monstruos a devorarnos.

Te sientes abrumado y el desaliento te embarga porque sabes que eres carne de cañón, que estarás toda la competición con el corazón en un puño, con el alma en vilo y rezando a todas las vírgenes que conoces, creas o no, para que el desastre no se produzca.

Y te haces cincuenta combinaciones con el calendario porque tu liga, la tuya particular, nada tiene que ver con la mitad de los clubes de la Primera. Tu caso tiene seis o siete nombres propios, los de aquellos de tu pelo, tan probrecitos como tú, que están, precisamente, haciendo lo mismo en ése momento: matemáticas puras en un juego que de científico no tiene nada.

Y a pesar de ello, te queda la esperanza, la fé, el aliento incombustible hacia tus colores, hacia tu equipo, ése que llevas impreso en el corazón, grande o chico, rico o pobre, pero que inunda tus sentidos de color y sabor.

Piensas, vengativo, en que ojalá se les parta la pierna a alguno de esos bajando la escalera -nada grave pero para seis meses de baja-, que tengan la pájara, el día ése nefasto que tienen todos en algún momento, justo cuando vengan a tu casa; que una vez, solo una, te salga un partido perfecto y tus chavales, esos a los que quieres como si fueran tus hijos o hermanos, les den una lección de pundonor, de ganas, de esfuerzo y si es posible, de fútbol y les ganen.

Porque no hay nada más apetecible que pasar por la piedra a un grandísimo a pesar de los árbitros -los que sabes, con certeza absoluta, que usarán dos varas de medir y que la tuya es la mitad de corta-; que el placer se dispara hasta límites imposibles cuando logras humillar, si llega a producirse, a un gigante; que llegas al orgasmo absoluto porque toda la inquina,la perversa venganza que acumulas viendo a los super poderosos abochornar a todo el mundo con sus carteras, que no les sirve de nada, que muerden el polvo en tu casa, ante tu gente, de la manera más ominosa -que es la única posible- si, contra lo que los astros prohíben, el tirilla se equivoca y te pita un penalty a favor en el último minuto...

Le tienes "jambre" a los prepotentes porque te cuesta un mundo ser seguidor de un equipito que te ofrece muy pocas alegrías. Te sientes minusválido frente a los Ferrari y piensas que juegas con una pata amarrada, con un seiscientos con la ruedas pinchadas, que usas tirachinas para parar a una división acorazada, por apoyo aéreo, que decide llevarse, por lo civil o por lo criminal, tres puntos que son tuyos.

Y se los llevarán si no hay milagro. Y los domingos o sábados, no toca.

Pero es tu equipo, el tuyo. Y jamás vas a renunciar a él porque es tuyo. Y los otros, los del glamour, los del Florentino -ridículo tipo, ridículo nombre, ridícula macro fortuna que dices con despecho-, los de los medios y los enteros, todos, se pueden ir al guano si, cosas que ocurren a veces, de década en década, a tu equipo le sale el partido y los humillas.

Es el sabor de la venganza, fría, que llevas años esperando. Y ése día, el mundo es tuyo. Eres feliz; quieres más que nunca a tus enanos y adoras a tu pareja -"esta noche..."-; tus vecinos ya casi no molestan; la comunidad... ¡qué importan unos euros mas o menos!; ¿el tráfico...? un poco de paciencia, hombre, que no es para tanto...

Todo es de color de rosa porque has humillado a la galaxia, porque han pasado por el aro todos esos que conocemos casi mejor que a nosotros mismos, que ya se encargan de venderlos en todo espacio posible, en todo panfleto que se precie.

Y luego ya vendrán las vacas flacas que aquí estamos para apechugar, para vencer todos los obstáculos. Y si el año que viene descendemos, pues ya retornaremos que para eso tenemos la mejor afición del mundo, la más fiel, la más constante.

Luego, fríamente, te invanden las náuseas pensando en que es imposible sobrevivir con un cuchillo frente a los marines, con piedras frente a los tanques.

Pero es TU equipo y nadie, ni siquiera el Florentino ése, va a cambiar eso.

Que se joda.

Cuidaros.

1 comentario:

MAGASE dijo...

Ante todo eso solo nos queda que seguir fabricando davides para con la onda parar a los goliaces de este deporte,y como dices,que gustito da pasarlos por la piedra una vez cada x años,por cierto aqui llevan pasando unos pocos eceptuando este,cuidate.